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    Oscar Poltronieri en combate

    El soldado más condecorado de Malvinas vive en la pobreza y no tiene trabajo


    Peleó en el monte Dos Hermanas. Detuvo, solo y durante horas, el avance inglés. Salvó a parte de su compañía. Como muchos de los veteranos, vive en el olvido y la indiferencia.

    Alberto Amato. DE LA REDACCION DE CLARIN.

    Me ahogo. Qué querés. No puedo seguir (Seca sus lágrimas) Por esta casa, que, mirála, todavía está en parte sin techar, que me dieron con dos piezas y una cocinita donde había que entrar de costado, el resto lo hice yo, todo lo demás lo agrandé yo, por esta casa la municipalidad de General Rodríguez me pide ahora que pague una deuda de tres mil pesos. ¿De dónde saco yo tres mil pesos, si no trabajo desde hace tres años? Para la sociedad, nosotros, los veteranos de guerra, es como que no existimos.

    Oscar Poltronieri es el máximo héroe civil, vivo, que tiene la Argentina. Lo certifica una medalla conformada por una Cruz de Malta en la que brilla, ya apenas, un Escudo Nacional y la leyenda "La Nación Argentina al heroico valor en combate" Sólo doce condecoraciones de ese tipo fueron entregadas luego de la guerra de Malvinas. Poltronieri es el único soldado que la recibió pero ya ni siquiera la luce. La guarda, junto a muchas otras medallas, en una vieja y oxidada lata que bien pudo contener té, tuercas o hilos de hilvanar refajos: poco puede leerse entre la escarcha saltada del esmalte rojo de la tapa y el indescifrable idioma alemán. Pero es seguro que la latita no fue diseñada para contener las medallas de un héroe de guerra.

    —En un momento pensé en venderlas. A todas. No sabía cuánto me podían dar. Pero yo necesitaba la plata. Después no lo hice. Antes preferí pasar la vergüenza de ir a pedir por los trenes. Pero dejé porque me decían: "Andá a pedirle a Galtieri...".

    Uno de los máximos héroes no militares de la guerra de Malvinas vive hoy en la pobreza más extrema. Su casa, la número siete, se tambalea sobre una calle de tierra (que se convierte en un barrial cada vez que el cielo se lo propone) en General Rodríguez, muy cerca de La Serenísima, donde Poltronieri trabajó diecisiete años. Su caso sea tal vez el más paradigmático, pero no es el único de entre miles de veteranos de guerra que viven hoy olvidados, marginados, desamparados, hasta despreciados por una sociedad que festejó el inicio de la guerra con el siempre sospechoso exitismo de los aludes a la Plaza de Mayo, y miró para otro lado después de la rendición de Puerto Argentino, el 14 de junio de 1982. La mirada al costado dura ya veinte años.

    Poltronieri era un soldado analfabeto cuando fue a combatir a Malvinas. "No leo las letras, señor —decía hace veinte años— Pero ahora voy a ir a la escuela". Hoy, al menos, sabe firmar. Pero todavía pelea con aspereza con las palabras, que apenas si le alcanzan para describir su impotencia: Poltronieri casi no tiene palabras, con tanto que tiene para decir.

    Los fundamentos por los que le dieron la distinción más alta que duerme su sueño oxidado en la lata donde Poltronieri atesora sus recuerdos en su casa sin techo, eran contundentes: "Por haberse convertido en un ejemplo para sus camaradas", decía una frase. Otras decían que Poltronieri había tenido espíritu de lucha, sencillez, arrojo, que se ofreció como voluntario para misiones riesgosas y que en combate en los montes Dos Hermanas y Tumbledown "operó eficazmente una ametralladora, deteniendo ataques enemigos. Fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado en ocasiones por los ingleses. Dos veces se lo tuvo por muerto, pero logró reunirse siempre con su sección." La realidad, siempre más dramática que los argumentos, dice que Poltronieri salvó la vida de cerca de ciento cincuenta de sus compañeros.

    —Yo estaba en el monte Dos Hermanas. Adelante nuestro estaba el regimiento 4 de Corrientes. Al costado teníamos al Regimiento de Infantería 7 de La Plata. Lo pasábamos todo el día en la trinchera. A veces bajábamos del cerro para matar un par de ovejas, sancocharlas así nomás y comerlas. Cuando venía un compañero de curso del teniente que me mandaba a mí, que se llamaba Llambías Pravaz, yo le pedía los binoculares y él me los prestaba Así vi cómo que desembarcaron los ingleses. Pasaron unos días desde el desembarco hasta que llegaron adonde estábamos nosotros. Tomaron todo a las corridas. Los gurkas mataron a un montón del regimiento 4 de Corrientes. Y a nosotros nos rodearon así, en forma de medialuna. Yo estaba arriba, en el monte, cuando los veo, serían las cinco o las seis de la mañana, en medio de la neblina. Allí matan a tres o cuatro de los soldados nuestros, todos cerca mío: a uno que tiran un morterazo que cae cerca mío y una esquirla le vuela la tapa de la rodilla, limpita, y se desangra, cuando llega al hospital de Puerto Argentino llega desangrado. A otro una esquirla le da en la espalda. Y a otro que trepa un poco el monte para montar la ametralladora también lo bajan con una ráfaga de ametralladora. Ese era Ramón, que era amigo mío. Yo pensé que si lo habían matado a él me iban a matar a mí también, ¿por qué me iba a salvar? A mí me dio como un ataque de locura y empecé a sacudirles con la MAG, que es una ametralladora pesada. Mi abastecedor estaba cansado de ponerle las cintas de balas a la MAG, pero yo seguía tirando. Eran como las nueve de la mañana. Las balas me pasaban cerquita: a las trazantes se las veía clarito. El subteniente me decía: "Vámonos Poltronieri, que te van a matar..." Pero yo le decía que se fueran ellos. Porque yo sabía que el sargento Echeverría había tenido familia en esos días. Entonces les dije: Váyanse ustedes que tienen hijos, que tienen familia. Yo no tengo a nadie...".

    Poltronieri tiene cuatro hijos. Se casó en 1989 con Alejandra Viviana Carrizo. Después llegaron Jonathan Oscar (11) Melina Judith (9), Lucas Hernán (7) y Matías Sebastián (4). Boquenses irredimibles, los varones amasan su sueño de jugar alguna vez en la Bombonera en el piso de tierra de la cocina de la casa, donde cabecea una mesa simple de madera basta y dos bancos largos y toscos. Poltronieri nació en Mercedes y en el regimiento de esa ciudad, el 6, General Viamonte, hizo la hoy abolida "colimba". Le faltaba un día para salir de baja cuando fue embarcado hacia Malvinas. Llegó a Puerto Argentino el 13 de abril en un avión de línea, sin asientos, con dos centenares de soldados.

    —Me acuerdo de que el capitán del avión nos habló, nos dijo que lo único que podía hacer por nosotros era traernos comestibles; que todo lo que habíamos aprendido en el cuartel teníamos que desarrollarlo en las islas. Que a él le gustaría estar con nosotros. Y se largó a llorar el tipo. Allí nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio, porque el tipo se puso a llorar.

    Tan en serio iba la cosa que casi un mes después Poltronieri estaba solo, con una ametralladora pesada, disparando sin cesar contra el enemigo. Aún hoy, cuando recuerda el combate, vuelve a la misma posición de aquel día, mientras ciento cincuenta de sus compañeros se replegaban hacia Puerto Argentino, amparados por su decisión de morir allí para salvarlos.

    —Los tipos venían cantando, tirando al aire, como de paseo... y bien chupados. Así que no le di bolilla al teniente y me quedé esperando que mi compañía se replegara. Hasta que se me acabaron las balas y empecé a repechar para Puerto Argentino. Llegué a la tarde adonde estaba el batallón de Infantería de Marina 5. Les pregunté si sabían dónde estaba el 6 de Mercedes, porque yo quería juntarme con los míos. Me dijeron que cerca del cementerio, que era el punto de reunión. Cuando me vieron no lo podían creer: me habían dado por muerto. Allí me enteré de que se habían rendido a las diez de la mañana. Y recién como a las tres de la tarde nosotros habíamos dejado de combatir. Cuando vimos la bandera blanca colgada en el mástil, la mayoría nos largamos a llorar.

    La otra guerra de Poltronieri y de sus compañeros ex combatientes de Malvinas empezó cuando volvieron al continente.

    —Nos llevaron al Hospital Militar, nos dieron de comer y nos tuvieron hasta el otro día, nos tomaron los datos, hicieron una planilla y mis propios compañeros me propusieron para la medalla. Después a nadie le importó nunca nada de nosotros. Cuando vinimos, no había nadie que nos esperara. ¿Sabés quiénes sí estaban? Los chicos y los maestros de entonces. Cuando nos traían a Mercedes, al costado de la ruta, por cada pueblito que pasábamos, allí veías un montoncito de chicos con sus guardapolvos y su banderita argentina, sus maestros y sus maestras. Gentes particulares no había. Nos trajeron escondidos: les debe haber parecido una vergüenza esa derrota nuestra.

    Como muchos otros veteranos, el héroe condecorado el 4 de abril de 1983 vivía sin trabajo. Consiguió uno, de casualidad, en 1985.

    —No nos decían nada, pero a los veteranos nos tenían apartados. Entré a trabajar a La Serenísima gracias a Juan Carlos Mareco, que estaba en Canal 7. Estuve allí diecisiete años hasta que cambiaron de dueños y quisieron que me fuera para contratarme. Pero no acepté. Eso fue en diciembre del 94. La Municipalidad me dio una casa y me descuentan parte de un préstamo que nos dieron, de la pensión que recibimos por veteranos de guerra. Nos prometieron no pagar impuestos, luz, gas, trabajo, becas de estudio, viviendas... Nada de eso se cumplió. No trabajo desde el 99. Ahora el Ejército dijo que me iban a contratar como personal de maestranza en Campo de Mayo. Encontrar trabajo es difícil: si no decís que sos veterano y lo descubren cuando ya entraste a trabajar, te echan. Y si decís que sos veterano, no te llaman. La sociedad nos da la espalda porque perdimos la guerra. Pero si hubiésemos ganado sería igual. En este país se olvidaron de lo que hicimos. Y deberían recordar que pusimos el pellejo, y muchos compañeros lo perdieron, por nuestros padres, por nuestros hermanos. Pero pedís algo y te cierran la puerta. No se acuerdan del veterano. Y a los cuarenta años, si yo tuviera que volver, volvería.

    Los hijos del héroe que vive en la pobreza, y que acaso algún día venda por nada esas medallas que guarda en una

    Martes 2 de abril de 2002

    Darwin en madera y balas

    Sobre una base de madera terciada, agrietada por los años, el ex soldado Oscar Poltronieri fabricó un cementerio. Es una réplica, según sus ojos, del cementerio de Puerto Darwin, Islas Malvinas, donde están enterrados los argentinos que dieron su vida en la guerra.

    El homenaje personal del ex soldado Poltronieri a sus camaradas muertos es simple y sencillo: está armado con casquillos de balas usadas, colocadas cabeza abajo sobre la madera, pasa simular el perímetro de piedras blancas del cementerio real.

    Como en el cementerio de Puerto Darwin no se alza un mástil con una bandera argentina, por decisión del gobierno británico, Poltronieri fabricó uno, lo plantó en la cabecera de su réplica que huele a pólvora y le colocó una pequeña bandera azul y blanca. Todo es simbólico, pero para sostener el conjunto, el ex soldado usó el rosario blanco, ya patinado por el tiempo, que llevó al cuello durante los dos meses de su guerra interminable.

    —Alla en Darwin están enterrados muchos amigos míos. La primera noche que pasamos en Puerto Argentino y después, cuando nos pasan al otro lado del pueblo, donde estaba el Batallón de Infantería de Marina 5, estuvimos dos días conociéndonos, Yo era del grupo de ametralladoras 1. Estaban el MAG 1 y el MAG 2. Yo era el MAG 1 y Ramón, el que cae al lado mío, era mi amigo y compañero de arma. También hubo un soldado, Luberger creo (probablemente se refiera al soldado Juan Domingo Horisberger, N. de la R.) que subió a instalar una ametralla
    Padiria gloria, pero primero se necesita el respeto y la dignidad


  2. #2

    Re: Oscar Poltronieri En Combate

    Muy triste la historia de este soldado, muy triste como la sociedad argentina a olvidado y abandonado a los soldados que fueron a pelear en Malvinas.

    Asi combatio nuestra artilleria en malvinas..

    Los duelos de artillería

    Dominando con su estruendo el campo de Batalla, el fuego de la artillería fue una constante en la guerra de las Malvinas. El enemigo la empleó en forma masiva: tanto el tiro naval como el de las piezas de campaña abrieron el camino de los británicos. Del lado argentino y pese a la inferioridad del número de piezas y del alcance de las mismas, se los mantuvo a raya mientras fue posible. Uno de los jefes de unidad, el entonces teniente coronel Martín Antonio Balza –quien comandó el Grupo de Artillería 3, regimiento oriundo de Paso de los Libres, Corrientes- es quien relata los hechos que siguen.

    Los ingleses desembarcaron en las islas tres grupos de artillería, lo que pasa es que el número de piezas con que contaban oscilaba entre 54 y 60, porque cada grupo de artillería tiene tres baterías de tiro y cada una de esas baterías tiene seis piezas. La cuenta de 54 piezas, pero después constatamos que algunas las tenían armadas con ocho piezas, por lo que pueden haber llegado a 60.
    Los duelos de artillería fueron intensos, intensos y muy prolongados. Tratábamos de neutralizarlos, es decir, de que sus bocas de fuego estén inactivas, lo que dependía únicamente de la cantidad de fuego que les hacíamos llegar.
    Nuestra preparación y nuestro estado anímico, que fuimos poniendo a prueba en los días previos a las acciones más importantes, fueron fundamentales y significativos. Esa preparación anímica por supuesto que la tenían todos los cuadros, pero la habíamos logrado de forma particular con nuestros soldados. Y para ello no descuidábamos ningún detalle, por pequeño que pareciera.

    La cuenta regresiva

    Los ataques comenzaron a incrementar su intensidad a partir de los primeros días de junio. De los ingleses recibíamos fuego de artillería, de morteros y de sus aviones. Inicialmente habíamos participado en acciones de apoyo a nuestras tropas comando, las que, en repetidas oportunidades, incursionaron en la profundidad del dispositivo enemigo. Ese apoyo de nuestra artillería fue hecho –afortunadamente- en forma muy coordinada, ya que era sumamente riesgoso para los comandos. Ellos mismos pedían, para poder entrar más aún en las filas enemigas, que realizáramos el fuego muy cerca de ellos. Esto, indudablemente, nos ponía más nerviosos a nosotros que a los mismos comandos, que además estaban en contacto con los servicios especiales británicos.
    El fuego contra baterías inglesas y contra sus tropas lo comenzó a hacer una de mis baterías que estaba sensiblemente orientada hacia el oeste. Como respuesta fue recibiendo, de manera cada vez más intensa, un graneado de fuego enemigo que la obligó a realizar diferentes cambios de posición hacia retaguardia.
    A partir de ese momento comenzó también una dramática cuenta regresiva para nosotros; éramos conscientes de que cada disparo que hacíamos no era repuesto. Teníamos todavía una cantidad considerable de municiones, pero disminuía. Una de mis subunidades, que fue la que tomó contacto primeramente con el enemigo, en uno de esos cambios de posición, ya estaba aproximadamente a cuatro kilómetros al oeste del ex cuartel de los Royal Marines, es decir Moody Brook, a unos 9 kilómetros de Puerto Argentino.
    El almirante Otero comentó después que había observado que un intenso fuego inglés prácticamente había aplastado el accionar de esa subunidad y, temiendo lo peor, pidió con urgencia dos ambulancias para mandarlas allí. Sin embargo, su sorpresa fue grande cuando, al disiparse la polvareda y el humo de los disparos británicos, ve como hormiguitas que salían, ocupaban sus puestos, contestaba el fuego y volvían rápidamente a sus pozos. Nuevamente la respuesta inglesa y nuevamente a salir apurados los argentinos a contestar el fuego, y a sus pozos. Esto se sucedió por espacio de casi 30 minutos. Cuando me lo comunicaron concurrí al lugar y acababa de cesar el fuego inglés, ya que mediante el uso de helicópteros habían desplazado esa batería a otra posición. Dios había estado de nuevo con nosotros. Casi no hubo bajas, pero fue un milagro, porque cajas de repuestos que estaban a un metro del refugio del personal habían sido destrozadas por los impactos. Esta acción mereció una felicitación por parte del jefe de la agrupación Ejército Puerto Argentino y del almirante Otero. Mucho mérito tuvo allí el teniente 1º Tessey.

    Cambio de Posición

    En el monte Longdon yo pierdo un observador adelantado, el teniente Ramos. En el último enlace radioeléctrico que realizó conmigo me dijo que el monte estaba totalmente rodeado y que iba a tratar de localizar y pedir fuego propio. Era de noche y prácticamente era muy difícil individualizar al enemigo. Simultáneamente, mientras rodean monte Longdon, los ingleses tratan de neutralizar la posición nuestra. Nos sobrevolaban helicópteros a poca distancia y eran los que indudablemente reglaban el fuego de los barcos. Finalmente nuestras posiciones caen. En su último enlace el teniente Ramos me dice que está completamente rodeado y que no puede dirigir el tiro, que va a intentar replegarse.
    Poco después su auxiliar, que si logró replegarse, me dijo que el teniente, herido en una rodilla, había muerto combatiendo, con una ametralladora que había logrado tomar.
    Aquella noche, la noche del 11, nos disparaba simultáneamente la artillería naval y la artillería de campaña. Se hizo un intenso fuego de iluminación, tanto que el teniente Ramos, durante su último enlace, antes de morir, me decía:
    -Esto es un infierno. Hay granadas de iluminación nuestras y de los ingleses. Se escuchaban gritos desaforados por todos lados.
    En ese sector del monte Longdon estaba operando una compañía de gurkhas.
    La batería, que estaba muy cerca de allí, prácticamente llegó a quedar en la primera línea y entonces iniciamos un cambio de posición que nos llevó casi todo el día 12; se reintegra al grupo que estaba al sur de Puerto Argentino. Ese cambio de posición fue muy difícil porque se hizo bajo un continuo fuego enemigo y pieza por pieza, ya que de los tres vehículos que teníamos, el enemigo nos había destruido dos. Finalmente quedó tirado la última pieza y posteriormente también pudimos replegar.
    Mientras realizábamos esto, los grupos de artillería 4 y 3 trataban de favorecer nuestro repliegue haciendo fuego contra la artillería inglesa.
    Desde el sector en que nos habíamos instalado vimos claramente helicópteros que se aproximaban a nosotros transportando piezas de artillería. Abrimos fuego contra ellos y logramos derribar a uno, obligando esto al enemigo a desplazar la pieza a otro lugar.
    Con las primeras luces del día 13 ya el enemigo ha dominado las colinas próximas a Puerto Argentino y centraliza todo su accionar sobre un sector defendido por el BIM 5 y por el Regimiento de Infantería 7. Ese combate dura todo el día 13 y la noche del 13 al 14. Fue el combate más intenso.
    El grupo de artillería aerotransportado 4, que estaba más hacia el oeste que yo, llegó prácticamente a tomar contacto visual con el enemigo. Combatieron hasta que no tuvieron más munición y las piezas quedaron prácticamente enterradas, inoperables. Nosotros en nuestro sector contábamos con un piso algo más firme.
    En una de las brevísimas pausas que hacían los ingleses en sus ataques, nos sobrevuela un avión Sea Harrier, a unos 100 metros de altura. No dispara sobre nosotros, sino que lo hace sobre una batería compuesta por los dos cañones de 155 mm que yo tenía ubicada a unos dos kilómetros de allí, y que operaban en forma diferente a los cañones de 105 mm. El Sea Harrier le descargó todos los cohetes que tenía y todo el mundo gritó que le habían dado a los 155. Trato de comunicarme con el teniente 1º que tenía esa pieza y era imposible, no podía comunicarme. Se había cortado las líneas o habían muerto todos. Finalmente el teniente 1º logra comunicarse en forma radioeléctrica y me dice:
    -Tengo un suboficial y cinco soldados heridos, pero todos leves. Continúo con mi misión. Era el teniente 1º Dafunchio.
    Es indudable para que el enemigo arriesgue en vuelo rasante un Sea Harrier era porque estos cañones estaban causándole serios problemas. Cuando finalizó el conflicto bélico, el general Moore manifestó que en varias oportunidades se le había pegado a su comando con estos cañones y preguntó con qué radares habíamos detectado su comando. Le respondimos entonces que no teníamos radares capaces de localizar un puesto de comando, que simplemente se había hecho en base a apreciaciones de inteligencia, de acuerdo a los datos de observadores de primera línea y de los observadores aéreos.
    La noche del 13 al 14 de junio se tiró prácticamente sin interrupción. Ahí se tiró hasta que los cañones y los obuses no resistieron más. Se disparó en apoyo del combate final del BIM 5 y del Regimiento de Infantería 7, y de una fracción de un escuadrón de Caballería Blindada 10, que esa noche, al mando del capitán Soloaga, realizó un contraataque.

    A tiro limpio

    Se disparó sin solución de continuidad. Con la desesperación propia de quien siente que debe continuar apoyando, que no hay reposición y que la munición se agota. Que llegan muchas misiones de fuego y que no pueden ser cumplidas en su totalidad porque en esos momentos sólo nos quedaban dos baterías disponibles.
    En un contraataque que había realizado el mayor Jaimet, a cargo de una compañía del Regimiento de Infantería 6, bajo una presión de fuego constante del enemigo, tomo contacto radial con él y le pregunto –no recuerdo ahora cuál era el indicativo radial:
    -¿Cómo andan las cosas? –pregunté
    -Esto es un quilombo, mi teniente coronel, pero les estamos dando duro –respondió, y realmente la situación que estaban viviendo en esos momentos era sumamente difícil.
    Con el capitán de fragata Robacio tuvimos un contacto radial en la noche del 13 al 14.
    Con su regimiento, el BIM 5, gastamos finalmente toda la munición que nos quedaba. Esa noche mi indicativo era Martín, y sus palabras fueron las siguientes:
    -¡Dale Martín, dale! ¡Dale que los estás haciendo mierda! ¡Dale! ¡Misma Alza, misma alza!


    Posteriormente, y para apreciar todo esto, durante el mes que estuve en el campo de prisioneros tuve oportunidad de conversar con oficiales y suboficiales ingleses, quienes destacaron la fuerte resistencia que habían encontrado. Si hubo ese accionar, esa oposición intensa durante tantos días, eso permite suponer que todas las tropas, en forma integrada y dentro de cada fracción y sin distinción de jerarquía, desde el soldado hasta el jefe, han combatido. Han combatido superando todos los inconvenientes; la rigurosidad del clima, las privaciones propias del bloqueo primero y del cerco después. Y lo hicieron con eficiencia profesional hasta el último momento, según declaraciones del enemigo. Y que si combatieron hasta el último momento en forma por demás eficiente, ocasionándoles pérdidas superiores a las que ellos mismos declaran, ello significa que cada uno de los soldados, cada uno de los suboficiales y cada uno de los jefes que estaban en puestos de combate luchó como correspondía.

  3. #3
    User Antiguo Super Moderador Avatar de Daniel
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    Re: Oscar Poltronieri En Combate

    Me da pena el tipo. Ojalá la sociedad y el estado en particular reconociese el esfuerzo que dio por el país. Los verdaderos héroes siempre quedan en la penumbra.

    Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.

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